viernes, 7 de junio de 2024

Ojalá

El bochorno. Sentir esa presión horrible sobre mi piel. Calor, sí. Pero sin necesidad de buscar la sombra; no iba a servir de nada porque no había. El sol lo tapaban unas nubes de estas altas, poco densas, cuyo nombre me gustaría recordar de aquellas clases de montañismo. Y hacía el efecto de un difusor fotográfico. Sólo yo parecía sucumbir ante el bochorno en medio de la gente, con mi piel fina y mi sempiterna necesidad de protector solar. Un escaparate con un Seat 600, y otro coche que no era capaz de reconocer. Un grupo de chavales llevando camisetas del Arsenal, sacados de una pachanga entre colegas. Una pequeña UD. Pero de la década de estos terribles años veinte en los que todo es peor, sin inocencia, impuro, corrupto. “Contempla los pequeños detalles”, me repito. Ok. Un quinqui habla solo y aplaude por la acera. Se aleja de un coche de Policía local mal aparcado sobre el bordillo. Mi imaginación o mis prejuicios, que podríamos definir como aprendizajes y experiencias, me hacen pensar que los p****** le han dado un toque. Muchos coches. Más calor. Lo mismo incluso me planteo que los coches pueden ser tan terribles como el tren. Aunque esto al final sé que no. Hay niños vistiendo orgullosos la camiseta del Madrid. Beh. Los colchoneros y la envidia dicen que solo la sacamos cuando ganamos. Afortunadamente, Londres. ¿Qué me llevo hoy del batido de vainilla? Conciencia de pecado, de misericordia, valor y valentía. Perspectiva de mi historia. Demasiada, de hecho. Se han alineado el hambre y las ganas de hablar. Y de escribir. Y valoro, valoro tanto mis pasos, mi camino, mi lucha contra las debilidades… que hoy al final, han ido de iluminación. De reconocerme cruel, aunque los años y la madurez hayan borrado eso. Duele desengañarte con errores que históricamente asumías como aciertos. Pero al menos, tenemos certezas. De aprendizaje, de caer, de sufrir o de perder. Cuando te superas, cuando depende de ti y cuando no. Cuando te desgastas, también, porque amas. Y en amar consiste todo.


Ojalá.

“Mira mi vida. A mi nadie me va a decir que Dios no existe”. Ni a mí, fantástica. Ni a mí. Agradezco los días que acabo tarde y cansado, porque acabo entregado, exprimido. Con las vueltas tangibles de lo que ha ido bien, y de que lo que ha sucedido es lo que tocaba. Pero literal. Sencillez. Amar. Esclavitud de la libertad. Evangelio. Corazones cambiados.

Ojalá no preocuparnos porque estamos en tus manos. Ojalá mis planes sean los tuyos. Ojalá no nos falte nadie en los momentos importantes. Ojalá no olvidarme nunca de ti. Ojalá seas siempre el centro de mi vida, el principio y el fin. Ojalá desgastarme por amor. Ojalá ser valiente. Ojalá aprender de nuestros errores. Ojalá no querer nada más. Ojalá de Fátima al infinito.  

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

jueves, 11 de febrero de 2021

¿Existes?

Párrafo guardado en los borradores de este blog el 22 de julio de 2019.

Alguien que encienda de nuevo el brillo en mi mirada. Alguien por quien agarrar de madrugada un cuaderno y empezar a escribir. Alguien cuyo recuerdo en el pensamiento me inspire. Que me deje con ganas de más, y despacio hasta el infinito, siga sin saciarme. Pienso en una persona con la que envejecer, a la que conocer hasta el último rincón, a la que levantar en cada flaqueza, con la que llamarme "nosotros", con la que dar la vida... ¿Existes? La persona que venga a mi cabeza con esa canción. Que pueda decir que me flipa. Que me encante toda. Y descubrirla. La persona por la que decir que por ella, apostaría la vida.

8 días después, con un "Qué raro... ¿Quién tiene un Chevrolet?", comenzaría a escribir la mejor historia que he vivido. Y sin final.

viernes, 5 de febrero de 2021

Tras una esquina

Lo vi como un destello de medio segundo. Como un haz de arcoíris ajeno a un basto blanco y negro. El mundo entero entre dos personas mientras decenas no son más que vacío a su alrededor. Frente al camino rutinario, diario, que cae en el olvido de no ser por matices como este. Para muchos pasó desapercibido. Para otro directamente fue imposible de percibir. Sólo mis ojos captaron ese instante; irrepetible con una cámara e inimitable con el limitado arte de mis manos. Ahora es solo recuerdo, quizá distorsionado.


¿Qué historia había detrás de ese gesto? ¿Quiénes eran y qué hacían en ese pasillo de la estación? Era demasiado temprano en una zona empresarial para que dos jóvenes se dieran unos buenos días así. Demasiados minutos invertidos para intentar contextualizar algo tan sencillo: un beso, una mirada y una pequeña razón para la esperanza.

Mis notas #1

Vivir sus heridas en mi piel. 

Creo que ha sido lo más importante que he experimentado estos meses, y que ha puesto de manifiesto mi torpeza, mi debilidad, mi inseguridad... Todo lo que me queda grande y que, aún así, Él salva. Debo recordarlo y aprenderlo para toda mi vida, pero también ser capaz de dar y ofrecer mi respuesta. Cuánto necesito la pedagogía divina, sus señales, y el inmenso amor que recibo cada día de mi vida. Y qué fácil es volverse indiferente. Ser como el resto.

Qué difícil es no aborregarse. Hay que remar a contracorriente contra unos rápidos ideológicos. Un mundo que destierra la Verdad, y que trata de enterrarla en los rincones más inaccesibles del corazón.

Y luego, el diablo. Listo. Maestro de dividir, de enfrentar, de inutilizar nuestras mejores acciones.

Quizás la otra lección que me debo apuntar esta noche, por si os ayuda a vosotros, es no dejar pasar los mensajes como leídos y olvidarlos; telefonear y tener la iniciativa aunque uno sea pesado. Y qué sé yo, rezar y agradecer lo vivido. La pena siempre queda.