El bochorno. Sentir esa presión horrible sobre mi piel. Calor, sí. Pero sin necesidad de buscar la sombra; no iba a servir de nada porque no había. El sol lo tapaban unas nubes de estas altas, poco densas, cuyo nombre me gustaría recordar de aquellas clases de montañismo. Y hacía el efecto de un difusor fotográfico. Sólo yo parecía sucumbir ante el bochorno en medio de la gente, con mi piel fina y mi sempiterna necesidad de protector solar. Un escaparate con un Seat 600, y otro coche que no era capaz de reconocer. Un grupo de chavales llevando camisetas del Arsenal, sacados de una pachanga entre colegas. Una pequeña UD. Pero de la década de estos terribles años veinte en los que todo es peor, sin inocencia, impuro, corrupto. “Contempla los pequeños detalles”, me repito. Ok. Un quinqui habla solo y aplaude por la acera. Se aleja de un coche de Policía local mal aparcado sobre el bordillo. Mi imaginación o mis prejuicios, que podríamos definir como aprendizajes y experiencias, me hacen pensar que los p****** le han dado un toque. Muchos coches. Más calor. Lo mismo incluso me planteo que los coches pueden ser tan terribles como el tren. Aunque esto al final sé que no. Hay niños vistiendo orgullosos la camiseta del Madrid. Beh. Los colchoneros y la envidia dicen que solo la sacamos cuando ganamos. Afortunadamente, Londres. ¿Qué me llevo hoy del batido de vainilla? Conciencia de pecado, de misericordia, valor y valentía. Perspectiva de mi historia. Demasiada, de hecho. Se han alineado el hambre y las ganas de hablar. Y de escribir. Y valoro, valoro tanto mis pasos, mi camino, mi lucha contra las debilidades… que hoy al final, han ido de iluminación. De reconocerme cruel, aunque los años y la madurez hayan borrado eso. Duele desengañarte con errores que históricamente asumías como aciertos. Pero al menos, tenemos certezas. De aprendizaje, de caer, de sufrir o de perder. Cuando te superas, cuando depende de ti y cuando no. Cuando te desgastas, también, porque amas. Y en amar consiste todo.
Ojalá.
“Mira mi vida. A mi nadie me va a decir que Dios no existe”. Ni a mí, fantástica. Ni a mí. Agradezco los días que acabo tarde y cansado, porque acabo entregado, exprimido. Con las vueltas tangibles de lo que ha ido bien, y de que lo que ha sucedido es lo que tocaba. Pero literal. Sencillez. Amar. Esclavitud de la libertad. Evangelio. Corazones cambiados.
Ojalá no preocuparnos porque estamos en tus manos. Ojalá mis planes sean los tuyos. Ojalá no nos falte nadie en los momentos importantes. Ojalá no olvidarme nunca de ti. Ojalá seas siempre el centro de mi vida, el principio y el fin. Ojalá desgastarme por amor. Ojalá ser valiente. Ojalá aprender de nuestros errores. Ojalá no querer nada más. Ojalá de Fátima al infinito.
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.