viernes, 3 de noviembre de 2017

Corazon quebrantado y humillado

El otro día me quedaba con ganas de escribir sobre una reflexión que el Padre Miguel nos lanzaba en una homilía cualquiera. Se centró en el salmo. Un salmo que yo he oído mil veces, pero en el que nunca me había detenido.

La antífona decía "un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias, Señor". Y la pregunta que me hago y os invito a hacer es... ¿Cómo imagináis un corazón así, quebrantado y humillado? No os pongo las fotos para no condicionaros, pero yo lo imagino como algo así: Racional, sin su forma romántica, con la tirita y la muleta. Básico, ¿no?

También se puede imaginar así, después de caerse al barro, ¿verdad? 


Hoy creo que el corazón quebrantado y humillado es el que lo ha dado todo. El que sigue el ejemplo del amor más grande, que ama hasta el extremo, que da la vida. Es aquello para lo que está hecho el corazón, aunque lo golpeen. Para lo grande. Para dar hasta que no pueda más. Aunque no reciba. Aunque sea en silencio. El corazón que al final, sí, abandona. Y dice "mira, ya no puedo más", para levantar los brazos a lo alto y rendirse: "Te lo doy a ti. Haz tú lo que puedas con ello".

De milagros. De multiplicaciones y del ciento por uno.

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